Reflexiones sobre El Truco
por Francisco Leal
Psicólogo,
Director de la Escuela de Psicología.
Universidad de Tarapacá, Iquique


Una página tamaño oficio, cuarenta y ocho líneas. Esas fueron las reglas para escribir esta presentación de “El Truco”. Con tanta generosidad de espacio, descarté de plano comentar sobre los artículos, escritos cada uno desde una disciplina por un docto representante de la misma, lo que me vino muy bien, pues no soy erudito para comentar a los especialistas. Opté por dejarme llevar por las entrevistas, y me surgió, casi imponiéndose, nuestro mundo “postmoderno” relatado en las vivencias de los entrevistados. Aquí van mis cuarenta y ocho líneas después de la lectura inicial.

Un solo fenómeno -el truco del transformismo- pero múltiples realidades emergen desde las entrevistas que nos presenta Guillermo Ward en este libro. Desde quien fue violado “y le quedó gustando” hasta el actor que lo utiliza meramente como recurso escénico, pasando por travestis, transgéneros, transexuales, gays, el criado entre puras mujeres, el deportista, el que tiene recuerdos del Iquique que recuerdan los iquiqueños y el recién llegado, el estudiante, el vendedor, el cocinero, la prostituta y la bailarina, el devoto de San Lorenzo y otros que se me escapan: suficientes como para darse cuenta de que la imagen de “la loca” que suele asociarse al transformismo esconde una diversidad tan amplia como el género humano.

Como nuestro mundo de hoy, cada día más globalizado y más estandarizado en la superficie, pero con diferencias tan grandes apenas sumergidos en la realidad o en las realidades, ya que hay tantas realidades superpuestas, como las múltiples ventanas que puedes tener abiertas en el “chat”, incluso quizás con identidades distintas en cada una. La complejidad de nuestro mundo, en que lo virtual es una realidad más, ha hecho tambalear todas las certezas construidas socialmente. El género, la autoridad, el deber ser, todas las convenciones que orientaban la crianza, las relaciones, los acontecimientos vitales, las definiciones del ser y el hacer, no sólo han quedado relativizadas, sino que, mucho más profundamente, han quedado cuestionadas en sus bases y su lógica. ¿Qué es verdad, si “una se viste por primera vez de mujer y se ve mejor que una mujer”?, ¿Qué es más verdadero, el que soy o el que quiero ser? ¿El que preparo para la función o la sesión de Chat, o el que se pregunta si vale la pena hacer el show? ¿El que la gente ve, o el que la gente quiere ver?

En este mundo de hoy, todos somos un poco transformistas. Todos jugamos con las identidades, o estamos obligados a hacerlo en alguna medida. La búsqueda de identidad, tan característica del siglo pasado, parece haber mutado hace rato en construcción de identidad, lo que de, por sí, ya es más trabajo; pero no se trata sólo de una, sino de múltiples, diversas identidades, tanto en el ser social, nuestro colectivo, como en el ser individual, el “¡heme aquí!” de cada uno, las que estamos compelidos a construir.

Por eso, este libro, que parece hablar de un fenómeno tan particular como especial, en realidad nos acerca metafóricamente -y a ratos, ni tan metafóricamente- a fenómenos bastante más universales y gravitantes en nuestra cotidianeidad. Responder quién soy, quiénes somos, es una cuestión al mismo tiempo apremiante e imposible en nuestros días, en que las posibilidades no sólo de hacer, sino de ser, se abren y cambian a cada momento. En medio de esta confusión, casi no parece casual que la última frase de la última entrevista haya sido: “Después llego a la casa a dormir como soy yo realmente”.